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¿Qué harías si nacieras sin el miembro?

Gustavo Dufour de amputados sin fronteras, nos hace reflexionar con este hermoso texto.

 

"Despertarnos sin un miembro"

Todos los amputados, salvo aquellos para quienes sus amputaciones son congénitas, de pronto un día despertamos y descubrimos que nos falta un miembro, o dos, o tres o hasta los cuatro.
No importa si la amputación es programada o si es a raíz de un accidente, todos, absolutamente todos en algún momento despertamos y descubrimos que nos falta un miembro.

¿Qué nos pasa en el momento en que nos damos cuenta de esa ausencia?

Yo tenía catorce años, y llevaba una temporada no mayor a un mes transitando la aceptación de un cáncer que suponían los médicos, no solo ponía en riesgo mi vida, sino que además casi con seguridad me llevaría a una amputación de mi pierna derecha como parte del tratamiento.
Nada aseguraba que la amputación fuera junto a la quimioterapia lo que me permitiría poder sobrevivir.

Recuerdo claramente a mi médico tratando de explicarme que no había otra salida que diseccionar mi pierna derecha sobre la rodilla para intentar frenar el avance de un “mesenquinoma”. Esa tarde no comprendí lo que significaría llevar adelante mi vida sin mi pierna.Me paré desnudo delante del espejo de mi habitación y doblé mi pierna derecha para tratar de entender como sería verme sin la mitad de ella.

Aunque mis padres y mi psicóloga trabajaron arduamente para que lo asimilase lo mejor posible antes de la intervención, seguía viendo la situación como si fuera ficción, quizás por la corta edad o porque para cualquiera de nosotros es casi imposible imaginarnos sin alguno de nuestros miembros.
Lo último que recuerdo antes de despertarme de la anestesia es la entrada al quirófano, un lugar enorme lleno de luces muy intensas y de batas de color verde agua, gorros y barbijos corriendo por todos lados. Sin embargo, lo más intenso fue ver a mi médico y a mi anestesista llorar junto conmigo cuando les confesé que estaba muerto de miedo y no quería tener una pierna menos.

Un rato antes, mientras me preparaban, me dibujé sin una pierna, pregunté qué podría usar en lugar de ella y si sería como el “hombre nuclear”, pero nunca me interrogué acerca de cómo sería cuando me despertase luego de la operación.

Volví en mí de forma paulatina, como lo hacemos todos después de una anestesia. Mientras abría los ojos, vi que la habitación estaba apenas iluminada. Tenía la boca seca, los labios cortados por la falta de humedad y los párpados aun engomados por la cinta adhesiva que me colocaron durante la intervención.

Cuando logré ver con claridad y me supe en aquel lugar en penumbras instantáneamente también intenté reconocer mi cuerpo. La sorpresa es que me sentía completo, sentía mis dos pies, mis dos rodillas, mis dos muslos, y el resto también aunque la atención estaba concentrada en mis piernas.
Mi cerebro aún no había asimilado la falta de uno de mis miembros, seguía contándome que estaba “completo”. Pensé por un momento que quizás en la sala de operaciones habían dado marcha atrás y encontrado otra opción.

Me senté, con un sentimiento de algarabía imaginando que todo estaba bien. Pero quésería estar bien? Claro, tener mis dos piernas. Con esa creencia corrí las sábanas al tiempo que mi madre acompañada de una enfermera entraban intempestivamente en la habitación para evitar lo que no pudieron. Las desplacé y descubrí el engaño de mi mente: ahí conocí uno de nuestros fantasmas.
Los amputados tenemos muchos fantasmas, la sensación de presencia de nuestro miembro perdido, el fantasma de nuestra imagen rota, el de la aceptación, el de la inclusión, el del amor…

Con todos ellos convivimos y a muchísimos de ellos los desterramos y a otros los asimilamos. Seguro hay algo de lo que no nos olvidaremos jamás y es el día, el segundo, ese instante infinito en el que nos despertamos y descubrimos que ya no estamos completos, que algo nuestro se perdió y no lo recuperaremos nunca más; sí lo suplantaremos, pero no lo volveremos a tener jamás.
Nos descubrimos incompletos, pero seguimos siendo los mismos, los que amábamos y éramos amados, los que reíamos, corríamos, saltábamos, dibujábamos o tejíamos, seguimos siendo los mismos, pero despertamos distintos.

El desafío, fue, es y será darnos cuenta que ese despertar, lleno de dudas, de engaños mentales, de ansiedad, dolor y ausencias, es sin duda el despertar a una nueva etapa, a una nueva forma de vivir, que puede ser cruel, pero también maravillosa, llena de etapas de superación y desafíos o una combinación de ambas.

Despertarnos sin un miembro, es despertarnos a otra vida. Es despertar.

Osde
Osde