Apres Global
Municipalidad de San Martín
A+ A A-

25 de Mayo - Dónde van nuestros próceres cuando mueren

Trayectos póstumos de la Revolución por Omar López Mato.

 

Uno de los primeros recuerdos que tenemos de nuestra infancia es la imagen de este grupo de próceres que encabezaron la Revolución de Mayo. Saavedra, Belgrano, Paso, Castelli posan para la posteridad con sus uniformes y levitas, pero ¿qué conocemos de las vidas de estos próceres después de su paso por la Primera Junta? ¿Dónde reposan de sus cansadas glorias?

De algunos de ellos, como Moreno y Belgrano, conocemos sus proezas en detalles; los demás casi desaparecen tras estos días agitados. ¿Qué fue de sus vidas después de esos momentos históricos? Y también ¿qué fue de los personajes que pretendieron defender los derechos del Rey y que consideraban esta gesta libertaria como un crimen de lesa majestad?
Esta es la historia de estos “próceres” que henchiron de orgullo patrio nuestros pechos juveniles y de unos pocos que consagramos como enemigos, cuando solamente defendían su lealtad a la corona que habían jurado defender.

De Mariano Moreno todos recordamos la frase atribuida a Cornelio Saavedra sobre el agua necesaria para calmar el fuego que animaba al tribuno. Su cuerpo (o lo que haya quedado de él después de su muerte sospechosa) descansa en algún lugar del litoral Atlántico. Sin embargo no fue el primer miembro de esta Junta en morir, ya que el presbítero Manuel Alberti, había fallecido en enero de 1811. Su cuerpo fue enterrado en la Basílica de San Nicolás, ignorándose el lugar de su inhumación, a punto tal que cuando ésta fue derribada en 1936 para la construcción del Obelisco, nadie halló los restos de Alberti.

Juan José Castelli murió de un cáncer de lengua en 1812 y fue enterrado en la Iglesia de San Ignacio. Curiosamente, fue Castelli el miembro que más problemas había tenido con la Iglesia durante su gestión al frente del Ejército del Norte.

Su primo Manuel Belgrano murió en 1820, y fue enterrado bajo el mármol de una cómoda de su hogar en el atrio del convento de Santo Domingo, donde descansaban sus progenitores. Fue trasladado en 1902 al monumento de Ettore Ximenes. En tal ocasión, dos ministros sustrajeron como souvenir los dientes del prócer “que menos ha comido del erario público”. Presionados por la prensa, los ministros del Presidente Julio A. Roca, Pablo Riccheri y Joaquín V. González devolvieron el macabro recuerdo.

Domingo Matheu, después de dirigir la fábrica de armas sita en el predio que hoy ocupa el Palacio de Tribunales, fue a descansar al Cementerio del Norte, cerca de la bóveda donde sería inhumado su colega, Juan José Paso, quien se había retirado de la vida pública después de haber participado en la redacción de las constituciones de 1819 y 1826, abrazando los hábitos terciarios de la orden franciscana.

En 1833, se les unió en esta necrópolis el Brigadier Miguel de Azcuénaga, después de haber conocido el exilio y las persecuciones políticas.

Caído en desgracia, Cornelio Saavedra fue perseguido, acusado de ser el instigador de la muerte de Mariano Moreno. Por tal razón, debió pasar un tiempo en San Juan y Mendoza de donde pasó a Chile hasta que una comisión se avino a declarar nulos los procesos en su contra. En 1818 volvió a Buenos Aires y permaneció alejado de los avatares políticos hasta su muerte y entierro en el Cementerio del Norte. Juan Manuel de Rosas dispuso su inhumación en el Panteón de los Ciudadanos Meritorios, donde se encuentra en la actualidad.

Este relato no estaría completo si no incluimos los destinos póstumos de los dos últimos virreyes del Río de la Plata.
Baltazar Hidalgo de Cisneros llegó a estas costas después de una destacada actuación en Trafalgar, donde los mismos ingleses impidieron que se inmolase en cumplimiento de su deber, dispuesto a morir en la nave que comandaba (la antísima Trinidad, llamada “El Escorial de los mares” cuya réplica actualmente puede visitarse en el puerto de licante, España). Secuela de esta batalla, le quedó una marcada hipoacusia.

Después de ser convocado a constituir lo que podríamos llamar la “Primerísima Junta”, de muy efímera existencia (apenas unas horas del 24 de mayo) fue autorizado a partir hacia su patria, no sin antes ser objeto de una fuerte discusión entre Saavedra y Moreno, quien proponía aplicar una sanción más contundente sobre el ex virrey.

La nave en la que se embarcó fue objeto de una maniobra del vocal Juan Larrea, un joven comerciante de fortuna que aprovechó este viaje para enviar mercaderías de su pertenencia a Europa.

Esta y otras maniobras turbias le ganaron a Larrea la inquina de personajes poderosos, entre los que se encontraba Don Juan Manuel de Rosas, quien durante su gobierno persiguió al ex vocal de la Junta, a punto de que éste, desesperado, buscó terminar sus días por mano propia. Su cuerpo, enterrado también en la Recoleta, se ha extraviado.

Cisneros volvió a servir a su patria y al Rey con distinción, concediéndole el honor de ser enterrado en el Panteón de los Marinos Ilustres de España donde, por uno de esos vericuetos del destino, tuvo un encuentro póstumo con quien lo había precedido en el virreinato, Don Santiago de Liniers, Conde de Buenos Aíres (el hermano Santiago, Luis Enrique de Liniers y Bremond era el verdadero conde de Liniers).

Después de su fusilamiento en Cabeza de Tigre, el 26 de agosto de 1810 (apenas dos meses después del accidentado viaje de Cisneros), el cuerpo de Liniers permaneció enterrado en Cruz Alta, cerca de donde fuera ejecutado. Recién en 1861 Santiago Derqui, presidente de la Confederación Argentina, ordenó localizar los restos del ex Virrey y sus compañeros Revolucionarios, ya que él mismo era deudo de uno de los ajusticiados.

Gracias a los recuerdos del comandante Reyes Araya por el testimonio de su suegro, que había sido testigo de la inhumación, se pudo hallar lo que quedaba del caudillo francoespañol. Sus cenizas fueron conducidas a Paraná, por entonces capital de la Confederación.

Los dos hijos menores de Liniers, que vivían en España, pidieron que fuera trasladado a la Madre Patria. Lo mismo pidió el cónsul español de Rosario, a lo que accedió el general Bartolomé Mitre (quien aún no había asumido la presidencia de la República).

A pesar de los reclamos de la hija del ex Virrey (que quería que su cuerpo fuese enterrado en la bóveda familiar en la Recoleta), las cenizas de Liniers fueron llevadas a Cádiz, donde se las recibió con honores militares, antes de ser inhumado en el mismo Panteón de los Marinos Ilustres, donde reposaban los restos de quien lo había sucedido en el cargo de Virrey, puesto que a ambos les había aparejado múltiples desventuras y que el tiempo se encargó de reducir a recuerdos y polvo.

Osde
Osde