De puño y letra por Lape: dar y recibir amor

Los que me sigan en las redes sociales se habrán enterado que la semana pasada me escapé unas horas de la locura del trabajo diario para descansar en familia. Fueron apenas siete días en la playa, en los que pude disfrutar a pleno junto a mi mujer y mi hijo. Siempre que puedo lo hago: vivimos a mil todo el año, de un lado para el otro, sin tiempo, apurados, preocupados... Creo que de vez en cuando está bien parar la pelota. No sólo para darle un descanso necesario a nuestra cabeza de la rutina cotidiana, sino para conectarse con nuestros afectos más cercanos.

En vacaciones, las charlas son eternas y las preocupaciones son mínimas. Estar con mi familia es el equilibrio necesario para seguir. Pero escaparse a la playa no es la única forma de ponerlo en práctica. Ni para entenderlo: siempre digo que dar y recibir amor son tan necesarios como el alimento, el agua y el oxígeno que necesitamos para vivir. Saber que alguien nos espera, que se preocupa por lo que nos pasa, que se alegra de nuestras alegrías es lo mejor que nos puede suceder. Y los integrantes de nuestra familia, los que están siempre, también necesitan ese afecto.

El afecto es como la energía que fluye y se traslada de una persona a otra. Los gestos, las pausas, las sonrisas, un guiño de ojos o un suspiro son señales que se reciben del otro lado. Somos seres incompletos, necesitados de los demás, del reconocimiento, del cariño, del amor. Todos necesitamos de una sonrisa, de un abrazo, de un beso, de un llamado para poder seguir. Siempre trato de tenerlo en mente y por eso nunca dejo de demostrar afecto a quienes quiero.

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De puño y letra por Lape: Animarse a sorprender

 

"La alegría más grande es la inesperada͟", dijo Sófocles, el gran poeta trágico griego. Su frase me gusta tanto que la elegí para empezar uno de los capítulos de mi libro, Prende el optimismo. Es que, déjenme confesarles, soy un fanático de las sorpresas. Para mí, la palabra sorpresa equivale a sentimientos deliciosos y placenteros. Me hace acordar a mi infancia y nunca la asocio a malas noticias. Y por eso siempre trato de provocar ese sentimiento en la gente que quiero.

Las sorpresas son estímulos que nos alejan de la rutina, proyectados por alguien que piensa en nosotros. Quien desea provocar en nosotros una reacción de alegría ponetoda su energía y todo su tiempo para lograrlo. Y eso, amigos, es invalorable. Siempre digo que las sorpresas son un tesoro de la vida, un tesoro de recuerdos guardados en nuestro corazón. Eso es, en definitiva, con lo que nos quedamos: vale más un grato recuerdo que cualquier cosa material que uno pueda conseguir.

No hace falta romper el chanchito para sorprender a alguien. Basta con un desayuno en lacama, flores, alguna golosina, una serenata, una carta escrita de puño y letra… En fin, hay millones de opciones para lograrlo. Es la magia de lo imprevisto. Muchas veces se los digo en Twitter: quiero que esto que te conté genere en vos el deseo de sorprender y la predisposición a dejarte sorprender por la vida, por quienes te rodean. ¡Hacelo! ¡Intentalo! Proponete sorprender a alguien aunque sea una vez por año. Va a ser un buen propósito, que va a llenar tu vida de felicidad.

 

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De puño y letra por Lape: El valor de compartir

Tantos años en el periodismo han provocado que muchas cosas que dejen de sorprenderme. Imaginen la cantidad de noticias que pude haber contado en mis casi 30 años de carrera. Semejante flujo de información, bastantes veces negativa, a la larga (y guste o no), te va anestesiando. Pero aunque parezca mentira, hay algunas historias que todavía me siguen movilizando, que me emocionan y que me contagian a ser mejor persona: las historias de solidaridad.

La solidaridad es el valor humano que se pone de manifiesto cuando alguien, que conocemos o no, necesita de nuestra ayuda. Aunque parezca paradójico, soy un firme creyente de que los gestos solidarios también ayudan al que ayuda, por todo lo que le permiten experimentar y sentir. Lo comprobé en carne propia y lo pude ver en innumerables ocasiones. Estoy convencido de que el argentino es solidario: a pesar de que a veces veamos en el prójimo ese egoísmo que afea, sé que dentro de ellos anida un espíritu sano, que tienen guardado algún tesoro oculto que sale a flote por algún disparador externo. Y eso se ve cada vez que una tragedia afecta a nuestro país.

Es cierto que la solidaridad no vende, no genera rating. Pero, creeme, te va a ser sentir muy bien. Y ojo: ser solidario no depende de lo que tengamos, depende de la actitud. No hay que ser un potentado para ayudar. Dar no es regalar lo que nos sobra, sino entregar lo que el otro necesita. Es dar tiempo, dar amor. Es no mirar para otro lado.

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De puño y letra por Lape: la receta del éxito

Siempre les cuento lo mucho que me cuesta encontrar tiempo. El día no me alcanza, me cuestiono, sobre todo cuando se pasa la hora justa para hacer o decir algo. Pero hay cosas que valen la pena decir incluso cuando el momento ya pasó. Y por eso hoy me gustaría decirles algo sobre del Día del Trabajador. Si hablamos de frases cliché hay muchas que se pueden enumerar. Y hay una que justamente viene al caso: “El trabajo dignifica”.

En mi caso particular, todos los días me levanto con ganas de ir a trabajar. Créanme que arranco muy temprano y que muchas veces cuesta, pero me considero un afortunado. Lamentablemente sé también que, muchas veces, las desigualdades, la falta de oportunidades o esa cuota de suerte que nunca parece llegar pueden hacer que el camino se haga más cuesta arriba y que uno tenga ganas de bajar los brazos. Es en ese momento en que hay que insistir con más ganas, con más esfuerzo y con más dedicación para lograr los sueños. Se los digo yo, que nunca tuve nada servido. Y sino se lo pueden preguntar a Marcelo, mi remisero. ¿Se acuerdan de su historia?

Es por eso que me gustaría rearmar la frase: si bien está claro que el trabajo dignifica, también lo hace el esfuerzo. Para triunfar en el trabajo, como en la vida, lo importante no es llegar primero. Para triunfar simplemente hay que llegar. Y para llegar hay que seguir adelante, sin flaquear, soportando y a la vez superando las interrupciones y cortocircuitos. Cuantas veces haga falta. Así de fácil, así de difícil. Te lo dice un amigo.

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De puño y letra por Lape: Tendé tu cable a tierra

 

Los que me conocen saben que en esta última época, las obligaciones laborales, las responsabilidades y el deseo de crecer me convirtieron en una verdadera “máquina” de trabajar. Hasta Lapeband, mi grupo de música, me demanda horas de ensayo, de concentración y de movilidad. Es cierto: disfruto muchísimo estar sobre el escenario, pero eso no significa que no haya mucho tiempo y esfuerzo detrás.

 

Les cuento que me resultaría imposible poder mantener el ritmo si no fuera porque, de vez en cuando, busco un rato para tender un cable a tierra. ¿Qué es un cable a tierra? Es conectarte con lo que te gusta, con lo que te da felicidad, con lo que te da placer, con lo que se puede disfrutar. Por más humilde que parezca, por más sencillo que sea, es eso que nos protege frente a la agitación cotidiana que suele atraparnos y en la que solemos caer presos.

 

Les voy a contar un secreto: mi cable a tierra es tomar mate descalzo en el fondo de mi casa. Apoyar las plantas de los pies en el pasto o sobre la tierra, eso me produce una inmensa sensación de paz, de contacto profundo con mi interior. Es como una regresión necesaria a mi infancia, cuando era normal jugar descalzo con una manguera y mojarme los pies. Si no fuera porque me hago un tiempo para disfrutar de esas pequeñas escenas cotidianas, todo se me haría cuesta arriba. Por eso te recomiendo que, si aún no tenés alguno, busques el momento para tender tu propio cable a tierra. Está bueno parar unos minutos, mirar hacia atrás, ver el camino recorrido y seguir avanzando. Después me contás.

 

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No esperes a mañana para perseguir tus sueños

El sábado, bien temprano a la mañana, el micro en el que viajaban algunos de los músicos de LapeBand, mi grupo de rock, se accidentó en la autopista Córdoba-Rosario, cerca de la entrada a Bell Ville. Iban para Santa Rosa de Calamuchita, adonde esa misma noche teníamos que dar un show. Al parecer, el chofer se quedó dormido, el vehículo atravesó el guardrail y cayó a la banquina. Por suerte, fue solo un susto: si bien el baterista se rompió algunos dientes y la corista se golpeó fuerte en la cabeza, nadie corrió serio peligro. Igual, Guillermo, que toca la
armónica, tuvo que pasar la noche en un hospital por algunos traumatismos.

No les voy a mentir: tener que hacer el show fue muy duro. Por un lado seguíamos en shock por lo que había pasado; y por el otro estábamos pensando en Guille, que seguía internado. De todas maneras, recibir el cariño del público cordobés que se acercó a escuchar un poco de rockabilly nos dio fuerzas para sobreponernos al momento de dolor y tratar de brindar el mejor espectáculo posible.

Ya de vuelta en casa, me puse a pensar y me di cuenta de que estos golpes son también llamados de atención. ¿A qué? A darse cuenta de lo efímera que es la vida. Todo se puede terminar en un segundo. Hoy estás, pero mañana no lo sabés. Y ese pensamiento, aunque suene feo, nos tiene que servir de impulso para hacer cosas buenas, para cumplir nuestros sueños. Nuestro paso por el mundo es tan breve que uno tiene que hacer lo que tiene ganas y evitar arrepentirse de lo que ni siquiera intentó. Tratemos de disfrutar cada segundo, de animarse a perseguir nuestros objetivos. Disfrutemos, amemos, vivamos bien. No esperemos
a mañana para hacerlo. Puede ser demasiado tarde.

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Nunca bajes los brazos

Siempre digo que la vida me deja enseñanzas con las historias que cuento en mi trabajo. Hace un par de semanas grabé un video de menos de cinco minutos para la página de Facebook de La 100. Decidí contar la historia de Marcelo, un remisero con el que viajé durante ocho años desde el canal a mi casa al terminar TN de Noche. Es que la de Marcelo es una historia de superación, de mirar la vida con optimismo a pesar de los contratiempos. Es una de esas que te dan aliento a seguir cuando todo parece oscuro.

Cuando lo conocí, Marcelo nos traía los diarios al canal. Era muy joven y muy humilde. Al tiempo empezó a trabajar como remisero, igual que su papá. Pero él ya tenía muy claro su objetivo: quería ser piloto de avión. Pese a tener todas en contra (ni su familia le tenía fe), se puso en campaña para lograrlo. Con los pocos pesos que ganaba manejando, Marcelo se pagaba cursos para aprender inglés, algo fundamental para estar en el aire. Estudió meteorología, porque sabía que era importante. Empezó las prácticas para ser instructor de vuelo y hasta consiguió un trabajo de medio tiempo en el aeropuerto de San Fernando para controlar a los pájaros que se meten en la pista. En vez de escuchar música, en el remis ponía grabaciones de aviones. No se quería perder ningún detalle.

Su insistencia me conmovió y decidí darle una mano: le llevé su currículum a un contacto que tenía en Aerolíneas Argentinas. Le tomaron una prueba y lo rebotaron, pero dejó una muy buena imagen. Insistió y se hizo controlador de vuelo. Con el tiempo dejó de manejar el remis y le perdí el rastro. Hasta que el año pasado, sentado en un vuelo que tomé de Buenos Aires a Nueva York, el piloto se anunció y dio su nombre. Y sí, era Marcelo, mi chofer.

Desde que fue publicado en el Facebook de La 100, hace dos semanas, el video con la historia de Marcelo ya suma más de 2 millones de reproducciones. Todavía me sigo sorprendiendo y emocionando por la gente que me escribe, conmovida, para agradecerme por haberla contado. Lo único que tengo para decirles, amigos, es que no bajen los brazos. Napoleón Bonaparte decía que “la victoria pertenece al más perseverante”. Y así lo creo. Nunca dejen de perseguir sus sueños.

Si viviste o conocés a alguien con una historia como la de Marcelo, te invito a que me mandes un mail a Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. y me la cuentes.

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De puño y letra por Lape: La importancia de respetar al otro

Vivimos en tiempos confrontación. Basta prender el televisor y sintonizar cualquier canal para darse cuenta: discusiones por política, economía o hasta fútbol llenan horas de aire e influyen en nuestro humor. Los medios, se sabe, son espejos de lo que sucede en la sociedad. Por eso no sorprende ver a dos personas peleando en una esquina por un incidente de tránsito. O a una familia dividida por la famosa grieta. Bueno, dejame decirte que no vale la pena: el otro siempre va a ser más importante que una idea, unos pesos o un equipo de fútbol. Y creeme que pensar así, a la larga, es lo mejor para todos.

Nadie niega que todos tenemos problemas. La vida de hoy es complicada. Y lo sé, porque día a día, gracias a mi trabajo, llego a conocer las historias de argentinos que la pasan mal de verdad. Pero muchos de ellos deciden poner al otro por encima de sus líos y demuestran que la tolerancia es el único camino para mejorar como sociedad. Sentarse. Mirarse a la cara. Hablar. Escucharse. Intercambiar ideas, pero sin agresión.

Una de las frases que usé en mi libro “Prende el optimismo” y que siempre me gusta recordar expresa muy bien la idea del respeto como el único camino para progresar juntos. Es del Dalai Lama: “Casi todas las cosas buenas que suceden en el mundo nacen de una actitud de aprecio por los demás”. Creo firmemente que un gesto, una sonrisa, un saber parar antes de que la discusión deje marcas indelebles son señales que se reciben del otro lado. Hacerlo a tiempo puede ahorrarnos muchos disgustos. ¿Y si intentamos ponerlo en práctica?

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